Año 0, Num.01 Ética de la Comunicación

Revista electrónica de divulgación en materia de Comunicación

Centro de Investigación para la Comunicación Aplicada (CICA)
Facultad de Comunicación
Universidad Anáhuac México Norte

29.7.08

Ética y medios en los tiempos de la globalización

Blanca Chong López

En la sociedad globalizada, una de sus manifestaciones es la concentración de los medios de producción, fenómeno
que se presenta también en los medios de comunicación. En pocos años se ha modificado considerablemente el panorama de los medios con la creación de grandes multimedios, ya sea mediante la fusión de varios de ellos, o a partir de la absorción de medios pequeños por otros mayores. Esa concentración ha llevado a que sea el pragmatismo, el interés económico, el que prevalezca en los criterios de selección de los contenidos que se ofrecen con el resultado de una gran homogeneidad y trivialización en los mensajes, en los cuales cada vez resulta más difícil escuchar voces discrepantes. Hoy, en la mayoría de los medios, se busca el mayor beneficio al menor costo.

Frente a la gran responsabilidad que tienen los medios de comunicación que no sólo informan, sino que además entretienen y
educan, en muchos casos su oferta de contenidos no corresponde a lo que la sociedad requiere para una calidad de vida mediática, es decir, brindar información de interés público con veracidad e imparcialidad, ofrecer programas culturales, educativos y de entretenimiento regidos por normas éticas y capaces de despertar el interés de la sociedad en su conjunto.

¿Qué ocurre en la realidad de los medios? En el ámbito de la información, para Kapuscinski (2007) la principal consecuencia de la revolución electrónica ha sido el descubrimiento de que la información es una mercancía que puede generar grandes ganancias. Antes su valor se asociaba a la búsqueda de la verdad, hoy se mide por el interés que puede provocar. A partir de ello, los medios reflejan el mundo de manera superficial y fragmentada.

La televisión y el cine tienen en común la transmisión de historias de vida que con frecuencia contienen imágenes maniqueas del bien y del mal. En su afán de captar mayores audiencias, estos medios se centran en imágenes impactantes sobre aspectos catastróficos de la vida diaria.

Debido a la gran incidencia que tienen los medios de comunicación en la vida social, existe un interés creciente por el desarrollo de una ética de los medios de comunicación. En los años recientes la sociedad ha tomado una conciencia más clara acerca de los riesgos que representa una oferta de medios de comunicación que no observe criterios de respeto a sus p
úblicos, con todo lo que ello implica, aunque también existen quienes son partidarios de eliminar cualquier reserva en aras de la libertad de expresión. Sin embargo, si se considera que los medios electrónicos tienen un valor social de servicio público, adoptar medidas que vayan más allá del interés económico supone actuar con responsabilidad frente a la sociedad.

Entendemos la ética como una “forma coherente y permanente que tenemos los individuos y los grupos sociales de ser y de actuar en la convivencia con los demás, en relación con lo que es correcto
y bueno para todos, sobre la base de valores compartidos y asumidos” (Romo, 1998, p. 1). La ética, al igual que el resto de la cultura, es una dimensión cambiante (Bilbeny, 1997), por lo que una ética para el momento que vivimos debe contemplar las modificaciones en las formas de vida y de interacción entre los individuos, muchas de ellas surgidas a partir de los desarrollos tecnológicos.

En los medios públicos y privados de nuestro país subsisten actualmente muchos interrogantes sobre el sentido ético de sus contenidos programáticos, y un argumento de quienes los dirigen es que no existe una mejor programación debido a que la sociedad no lo pide. Villanueva (2000a) señala varias puntualizaciones en relación con los distintos argumentos que se han vertido en el caso de los medios mexicanos. Retomamos algunas de ellas:

1. Los medios no son buenos o malos per se. Lo positivo o negativo reside en los contenidos programáticos que ofrecen.
2. El poder público no
debe regular exhaustivamente los contenidos programáticos en virtud de que la legislación vigente delimita los alcances constitucionales de las libertades de expresión e información, como son el respeto a la vida privada, la paz y el orden público. Una programación con contenidos de calidad no debe lograrse mediante una ley, por el riesgo de incurrir en prácticas de censura que limiten la libertad.
3. No es exacto que la medición de audiencias proporcione resultados objetivos para conocer cuáles programas son aceptados y cuáles no. Es necesario diferenciar entre los programas más vistos o escuchados
y los programas más aceptados, lo cual no puede saberse a través del índice de audiencia.

Con frecuencia se ven los contenidos éticos como enemigos de la rentabilidad económica de los medios, cuando ser éticos y rentables es perfectamente factible. “Más aún, los contenidos éticos no sólo generan rentabilidad económica, sino también rentabilidad social, ese val
or a veces inasible que da sentido a la idea de humanidad.” (Villanueva, 2000a, p. 12.)

La autorregulación en los medios


A pesar de la existencia de normas que regulan el funcionamiento de los medios, las faltas a la ética por parte de los mismos ha llevado en muchos casos a la pérdida de credibilidad, por lo que cada vez se opta más por la autorregulación informativa, entendida como “el sistema de reglas de conducta adoptado por los medios con relación al Estado, la sociedad y la propia comunidad periodística, el cual se encuentra dotado de un órgano de ejecución o creación de normas sustantivas y procedimentales, y tiene como objetivos preservar las libertades informativas con responsabilidad social” (Villanueva, 2000b, p. 220). Se trata de los códigos de ética que han formulado las empresas de medios con el propósito de orientar su actividad, pero que en muchos casos quedan sólo en la intención, al contraponerse con el interés económico.

La existencia de los códigos de ética, co
mo forma de autorregulación, ha sido también motivo de debate. Esteinou (2000) y Villanueva (2000a) coinciden en que se trata de mecanismos útiles que pueden ayudar a garantizar el funcionamiento de los medios de comunicación, pero no deben operar como elementos únicos para normar y conducir socialmente los medios. Al mismo tiempo, debe existir una reglamentación que busque el interés colectivo. Las reglas éticas no sustituyen las normas jurídicas, pero pueden complementarlas y enriquecerlas.

La autorregulación con bases éticas se
finca en la aceptación voluntaria de determinados valores y normas. Sánchez (1999) la considera ineficaz, pues por lo general sólo es posible sancionar indirectamente a través de la reputación pública y la presión social. A pesar de ello, la eficacia de este mecanismo de regulación radica en su carácter voluntario. Otro aspecto en favor de la autorregulación tiene que ver con su aplicación en áreas que se ubican fuera del alcance de los mecanismos de regulación.

Frente al panorama descrito, son los públicos de los medios los que a partir de su educación mediática pueden contribuir a lograr cambios en los contenidos, a reivindicar la pluralidad en los mensajes que se ofrecen. Es posible mantener la esperanza de que las empresas se preocupen por la ética en su funcionamiento, pero son los consumidores quienes de
ben impulsar el cambio.

La ética en Internet

Tanto por la relevancia social que ha adquirido como medio de comunicación como por sus características técnicas, en el tema de la ética es necesario referirnos de manera particular a Internet.

En las últimas décadas la información se ha constituido en el eje de los procesos productivos y nadie duda hoy de la importancia de Internet en la vida cotidiana. La red de redes es considera
da “la columna vertebral de la sociedad de la información”, pues en ella encontramos una gran cantidad de contenidos y posibilidades de interacción comunicativa de toda índole, una variedad interminable de enfoques y visiones del mundo.

La expansión de Internet en el mundo ha sido intensa en los años recientes: la cifra de equipos conectados a la red se incrementó de un millón en 1992 a cerca de 400 millones para fines de 2005; la cantidad de sitios web creció de 228 en octubre de 1993 a 80 millones aproximadamente en 2005; los usuarios, que en 1993 sumaban tres millones, doce años más tarde alcanzaban casi mil millones en todo el mundo (Trejo, 2006).

Junto al extraordinario crecimiento de la red han aparecido preocupaciones sobre los contenidos que se ofrecen en este medio y los usos de la información disponible. Se trata de cuestiones que, entre otras, tienen que ver con la incitación a la discriminación racial, cultural o social, la difusión de pornografía o mensajes con alto contenido de violencia, la propiedad intelectual y la seguridad nacional, todos ellos aspectos relacionados con la ética. Mención especial merecen los contenidos informativos en Internet que tienen que ver directamente con la ética periodística.

En los mensajes que ofrece Internet es posible diferenciar entre los éticamente cuestionables pero legales, y los éticamente inaceptables e ilegales (Sánchez, 1999). Sin embargo, se puede hablar de tres formas principales: los éticamente problemáticos, que tienen como objetivo contradecir normas y valores de otros; los propagandísticos, que buscan la difus
ión agresiva e intolerante de ideologías radicales; y los violentos, que desprecian la dignidad y la vida humana.

Entre los contenidos éticamente cuestionables se encuentran los que tienen que ver con la seguridad de los datos. Internet permite copiar y obtener información de todo tipo de usuarios. La digitalización facilita el acceso no autorizado y la manipulación de datos, por lo que existe un conflicto entre la necesidad de disponer de tecnologías de codificación y su uso, que puede darse para encubrir actividades cuestionables o delictivas.

Internet, al igual que otros medios de comunicación, es un espacio público
[1] en el que se encuentran miembros de distintas comunidades, todos con intereses particulares, que descubren un uso específico en este medio. En la red confluyen individuos de todas las culturas, por lo que es la expresión de un mundo global para el cual requerimos de una ética universal, la cual no puede ser resultado de una imposición cultural ni de una mezcla de principios morales tomados de distintas culturas (Lozano, 2004).

Internet nos lleva a replantearnos las bases sobre las que hemos establecido nuestros sistemas de valores y creencias, a aceptar la pluralidad como riqueza y no como amenaza. Por ello, para conjugar las éticas de sociedades tan diferentes, es indispensable la responsabilidad social de todos.

Al hablar de una ética en Internet debemos tener en cuenta que su fundamentación presenta un problema. En la vida cotidiana atribuimos las acciones y sus consecuencias a las personas que se responsabilizan por ellas, mientras que en la red esto no siempre es posible: a mayor complejidad en una organización o sistema, menos definidas son las responsabilidades.

Una ética para la comunicación en Internet debe materializarse en códigos éticos para individuos y medios que sirvan como referencia para los usuarios de la red. En el caso de la comunicación entre personas a través de este medio, las normas básicas de interacción se manifiesta
n con mucha claridad: el respeto a los demás, la participación equitativa en la comunicación y la reciprocidad son la base de la interacción. Sin embargo, está presente el problema del anonimato y el carácter pasajero de los contactos, que favorecen actos cuestionables. Uno de los retos que plantea Internet es que deben surgir nuevas formas de aplicar normas y códigos éticos.

¿Legislar sobre Internet?

Uno de los aspectos que se discuten sobre Internet es lo que tiene que ver con su regulación. Buena parte de sus usuarios considera que la red debe ser un espacio de libertad absoluta, mientras que otros piensan que debe estar sujeta a estricto control legal. Para Villanueva (2000b, p. 217): “La solución no debe ser ni la primera ni la segunda. Tan grave
es reivindicar un estado de excepción jurídica como someter Internet a un régimen de censura que mutile la libertad.”

La posibilidad de que circulen contenidos nocivos por Internet es razón suficiente para que se adopten normas que permitan un equilibrio entre libertad y responsabilidad. Esa normatividad, al igual que en los medios tradicionales, puede adoptar dos formas: regulación y autorregulación.

En lo que se refiere a la regulación, precisamente uno de los temas abordados y no resueltos en la Cumbre Mundial de la Información
[2] es el de las formas de gobierno que deberá tener Internet. Por un lado, se manifestó la postura de gobiernos como el estadounidense que propone un manejo rígido y sujeto a supervisiones estatales; por otro, la demanda de los usuarios de mantener las libertades que hasta hoy existen en ese espacio. La Cumbre reconoció que el uso de Internet “comprende tanto aspectos técnicos como asuntos de política pública y debería involucrar a todos los participantes, así como a las organizaciones intergubernamentales e internacionales relevantes” (Trejo, 2006, p. 24).

En Internet es difícil hacer válidas las normas jurídicas, por sus características técnicas. En este medio se tienen múltiples posibilidades de transmisión de datos, y por el modo en que pueden reexpedirse los mensajes, el control sólo puede ejercerse en los puntos de entrada y salida de la red. Entonces, los sistemas de autorregulación podrían ser la mejor alternativa, y para Villanueva (2000b) la fórmula ideal es crear sistemas mixtos que se beneficien recíprocamente.

Debemos tener presente, sin embargo que, como señalan Monroe y Stefaan (Luna, 2000, p. 5): “el problema inicial de cualquier acercamiento que se haga a la autorregulación, viene con la definición. No existe ninguna definición completamente satisfactoria para la autorregulación y tampoco la debe haber. La autorregulación evoluciona cuando la naturaleza del Internet cambia. Diferentes perfiles de la autorregulación emergen para ajustarse a algunos de los aspectos de Internet que se pueden regular”.

Luna (2000) propone para un sistema de autorregulación en Internet un modelo basado en valores, en la responsabilidad social, que permita la flexibilidad que exige el medio y que se complemente con las legislaciones locales. En este modelo las sanciones serán proporcionadas por los gobiernos, las organizaciones independientes que monitorean los contenidos, y los usuarios que bloquean las páginas.

Frente a las dificultades que implican tanto la regulación como la autorregulación en Internet, debemos tener presente que los usuarios de la red cumplen, en su vida diaria, códigos de ética que tienen su fundamento en el respeto a los otros, y esa ética puede observarse en cualquier espacio en donde se den las relaciones interpersonales. Los mismos usuarios pueden también hacer uso de filtros y restricciones técnicas que les permitan tener control sobre los contenidos que ofrece Internet.

Como hemos visto, el tema de la ética en los medios no es algo sencillo de resolver. No obstante, debemos tener presente que en la actual sociedad el derecho a la información, a participar activamente en la toma de decisiones que tienen que ver con lo público, transita necesariamente por los medios de comunicación, que juegan el papel de intermediarios entre el Estado, la sociedad y los ciudadanos en los distintos aspectos de la vida social. Los medios no deben permanecer al margen de los esfuerzos por construir una sociedad que busque una mejor calidad de vida para todos.

Los usuarios de los medios, por nuestra parte, no debemos olvidar que la responsabilidad ética no corresponde sólo a los emisores: es necesaria la educación para los medios que nos permita valorar los contenidos que se nos ofrecen; no basta con exigir responsabilidad a los medios, debemos también ser corresponsables.

Referencias

Bilbeny, N. (1997). La revolución en la ética. España: Anagrama.
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Lozano, J. (2004). Globalización ética y medios de comunicación. En J. Conill y V. Gozálvez (coords.). Ética de los medios: una apuesta por la ciudadanía audiovisual. España: Gedisa.
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http://www.etcetera.com.mx/1999/357/as357.html
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Villanueva, E. (2000a). Ética de la radio y la televisión: reglas para una calidad de vida mediática. México: Unesco-Universidad Iberoamericana.
Villanueva, E. (2000b). ¿Regular o autorregular Internet? En O. Islas y F. Gutiérrez, Internet: el medio inteligente. México: Itesm-Cecsa.

[1] Se entiende por espacio público todo lugar donde se da el debate de temas de interés público y donde tiene lugar la toma de decisiones. Es un espacio que tiene la característica de dotarse de códigos éticos y normas que regulan la convivencia ordenada y participativa (Luna, 2000).
[2] Realizada en Ginebra en 2003. Una segunda fase de la Cumbre se realizó en Túnez a finales de 2005, sin cambios sustanciales en relación con las resoluciones adoptadas en Ginebra.

Créditos de Imágenes
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3: GettyImages, ULTRA. F.



El porqué y para qué, hoy, de la recepción crítica de los medios de comunicación

Jerónimo Repoll

Es posible el paso de la conciencia mágica e ingenua –que se piensa fuera, superpuestas a la realidad– a la conciencia “crítica”: que se descubre habitada por el mundo y en lucha por desnaturalizar los procesos históricos.
(Martín-Barbero, 2003, p. 41)

Introducción

En México es urgente pensar a los medios de comunicación masiva en relación con la naturaleza y persistencia de la estratificación social, tal como sugirieron Murdock y Golding (1986, p. 22-57). La urgencia no sólo se explica por las abismales diferencias entre un sector de la población minoritario y extremadamente rico frente a una inmensa mayoría pobre,
[1] sino también, y fundamentalmente, por las características de la sociedad actual. Vivimos en una sociedad en donde la información se ha tornado un elemento central para la organización y estructuración de los procesos sociales y para la generación de riqueza (Castells, 1999); una sociedad massmediatizada en la cual una de las principales características de los individuos es ser parte de diversas audiencias, a veces de manera simultánea, de múltiples medios de comunicación.

No podemos separar lo que sucede en nuestra vida cotidiana de lo que sucede en los medios. La mayoría de nuestras interacciones intersubjetivas están mediadas por diversas interacciones mediáticas y viceversa. Y no sólo como un insumo para el diálogo, como en una primera lectura se podría suponer, sino también en la forma en que percibimos nuestro entorno, a l
os demás y a nosotros mismos. Los medios de comunicación se han tornado un elemento cardinal de nuestra cultura en tanto que, además de ser un medio de información y entretenimiento, nutren nuestro sentido común, nuestra cultura.

Esta centralidad de los medios de comunicación nos remite a una problemática específica: la cotidianidad de los medios masivos de comunicación. La naturalidad con la que nos relacionamos y convivimos con los medios y las tecnologías de la información y el conocimiento, dificulta el distanciamiento necesario para generar una actitud crítica no sólo del consumo mediático y la relación que entablamos con los medios, sino también, evidentemente, respecto de los contenidos mediáticos y las implicaciones socioculturales, políticas y económicas que tienen los medios en la sociedad contemporánea.

La brecha digital entre los “infotecnorricos” y los “infotecnopobres” limitan no sólo el acceso, sino la capacidad de producir en un medio como Internet. Aún más amplia es la brecha entre los que tienen la capacidad de producir contenidos para los medios de comunicación tradicionales (prensa, cine, radio, televisión) y los que consumen los productos de dichos medios.

¿Recepción crítica?

La interrogación en el título de este apartado cuestiona no sólo qué significa ser un receptor crítico de los medios masivos de comunicación, sino también la concepción que de la audiencia designa el lugar de la recepción. Desde la persp
ectiva de los efectos, la respuesta es sencilla: la audiencia es pasiva y a-crítica en su proceso de recepción y, por tanto, lo que interesa ver es qué impacto tienen los mensajes sobre las masas indefensas. Esta perspectiva tuvo una gran impronta en la concepción latinoamericana de la comunicación en los años sesenta y setenta, cuyo exponente paradigmático es el trabajo de Dorfman y Mattelart (1972) Para leer al pato Donald, cuya concepción visualizaba a los medios, siguiendo a Althusser (1974), como aparatos ideológicos del Estado y a los cuales había que denunciar en su papel de agentes de reproducción de las relaciones sociales de dominación.

Desde la perspectiva de usos y gratificaciones, la audiencia se demuestra activa en pro de la satisfacción de diversas necesidades, lo cual redundará en distintos usos de los medios masivos de comunicación. Ahora bien, mientras que la pregunta es por qué y para qué enciendo el televisor o el radio, la pregunta acerca de cómo se produce el sentido brilla por su ausencia.

Será Hall, desde la perspectiva de los Estudios culturales, quien se interrogue respecto de la posición que adopta la audiencia frente al mensaje. En Encoding-Decoding (1987, p. 128-138) arriesga, como hipótesis, que las audiencias pueden realizar tres posibles lecturas de un
mismo mensaje: preferente, negociada u oposicional. Lecturas, por otro lado, que según Hall estarían condicionadas por la clase social a la que pertenece la audiencia. Es con esta perspectiva que hallamos un lugar para la recepción crítica, aunque limitada a la aprobación o desaprobación del mensaje. Es decir, la crítica se ejerce sobre el texto, sobre lo que dice o pretende decir el texto. En tal sentido, en el ámbito específico de la educación para la recepción crítica de los medios de comunicación, el programa de trabajo con las audiencias asume la tarea de deconstruir el discurso mediático. Para ello, no sólo se propone informar a las audiencias acerca de los elementos que dotan de especificidad un lenguaje (escrito, visual, audiovisual, etc.) y que por tanto establecen los límites y las posibilidades discursivas de cada medio, sino que incorpora al ámbito mediático las herramientas analíticas de la lingüística y la semiótica. En esta línea, un elemento importante para la recepción crítica es el análisis de los cierres directivos (Morley, 1996) presentes en los distintos discursos mediáticos. Su relevancia, a nuestro entender, reside en que estos cierres directivos orientan a la audiencia sobre aquello que están consumiendo. Así, un asesinato no se considera de la misma manera si se presenta en un informativo o en una telenovela. El género, por lo demás, es uno de los más claros cierres directivos.

Ahora bien, antes de pasar al estudio de las audiencias, para poder considerar si una lectura es preferente, negociada u oposicional, resulta imprescindible realizar un análisis del discurso mediático para identificar su posicionamiento ideológico. Posicionamiento que, generalmente, se
había indagado en el ámbito de la información y que gana terreno en el ámbito de la ficción a partir de la década de los ochenta. Como referencias, en el ámbito informativo podemos señalar el conocido trabajo de Eliseo Verón, Construir el acontecimiento (1995); mientras que en el ámbito de la ficción el clásico estudio de Ien Ang, Watching Dallas (1985).

Del texto al contexto

El desplazamiento del texto al contexto, operado en los estudios de audiencia, debería repercutir en la concepción de la recepción crítica de medios. Sin embargo, esto no ha sido explotado lo suficiente.

Este desplazamiento, por otro lado, debe ser comprendido en varias dimensiones. La primera remite a la economía política crítica de los medios masivos de comunicación. Este enfoque nos permite co
mprender las vinculaciones, a nivel macro, entre medios, política, economía y sociedad. Este contexto amplio nos permite ubicar a los medios más allá de lo estrictamente comunicacional. Sin embargo, dicho contexto no sería suficiente si dejáramos de considerar una segunda dimensión, la cual podría agruparse en lo que se denomina Sociología de la producción de los mensajes, rótulo bajo el cual se comprende desde las rutinas profesionales a los potenciales receptores del producto mediático, pasando por las características organizacionales, empresariales, políticas, económicas, sociales e ideológicas como condicionantes de la producción de los mensajes. En síntesis, la sociología de la producción de los mensajes complejiza el enfoque de la economía política crítica al incorporar la dimensión micro de los procesos a través de los cuales se construyen los mensajes. Ambos procesos, micro y macro, son dimensiones imprescindibles para toda recepción crítica de los contenidos mediáticos.

Una tercera dimensión, ya en el ámbito de la recepción, es el desplazamiento de los medios a las mediaciones señalado por Martín-Barbero a finales de los ochenta. Este desplazamiento nos lleva a pensar en las mediaciones que constituyen los procesos de producción social de senti
do. Si la cultura es la mediación con mayúsculas, pensar la comunicación desde la cultura se convierte en el programa de trabajo de Martín-Barbero y en paradigma de la perspectiva latinoamericana de la comunicación.

Para la recepción crítica, este enfoque se vuelve capital al vincularlo con la perspectiva del brasileño Paulo Freire, en tanto que coloca como piedra de toque la reflexión sobre el propio lugar del receptor. En tal sentido, la recepción crítica no se centra en el texto sino en el sujeto que, al interpelar los textos, se pregunta por sí mismo, por el lugar que ocupa en relación con los demás. Esta acción de interrogación posibilita la concienc
ia sobre sí mismo, sobre su mundo, y la posibilidad de modificarlo y modificarse.

Si bien podemos considerar que las audiencias no revisten una minoría de edad, el sistema de medios de comunicación masiva en México reviste tal grado de concentración que es imprescindible abogar por una diversificación de la oferta que no se limite a la capacidad adquisitiva de la población. Como bien señala Enrique Sánchez, “la concentración y el centralismo han sido características centrales del sistema de medios en México” (2005, p. 404).

Insistir en la relevancia que tiene la concentración de la televisión privada de carácter abierto es imprescindible. Según cifras del INEGI, en 2006 el 93.2% de los hogares contaba con televisión, aunque sólo un 20.8% tenía televisión de paga, misma que si no garantiza un consumo diferenciado, sí amplia notablemente la diversidad de la oferta televisiva. Por otro lado, no es un dato menor señalar que Televisa es el propietario de las dos empresas de televisión de paga más significativas de México, Cablevisión y Sky. En contrapartida, si consideramos a Internet como un espacio donde encontramos una invaluable diversidad de contenidos y en el cual no sólo recibimos, sino también tenemos la posibilidad de producir, su desarrollo en México contrasta con el de la televisión. Según el inegi, en 2006 el 20.5% de los hogares de México contaba con computadora mientras que el 10.1% tenía conexión a Internet. No obstante este panorama, el reporte de la Amipci (2007) señala que la tasa anual de crecimiento de la base instalada de computadoras personales con acceso a Internet es de 22.7 por ciento.

Desnaturalizar



Desnaturalizar los medios masivos de comunicación y las distintas tecnologías de la información y la comunicación, la interacción que sostenemos con ellos y los contenidos que consumimos, es la primera tarea en pos de una interacción crítica con los medios y tecnologías de la comunicación.

Por ello, señalamos cinco niveles fundamentales sobre los que habría que ejercer la operación de desnaturalización:

1. El sentido común y la “naturalidad” de los procesos históricos.
2. La centralidad de la tecnología y los medios masivos de comunicación en las sociedades contemporáneas.
3. La tecnología y los medios como parte del entorno cotidiano dentro y fuera de nuestros hogares.
4. La interacción que establecemos con tecnologías y medios.
5. La construcción de los contenidos mediáticos.

Conclusiones

El momento de la recepción se convierte en un espacio de lucha por el sentido. Un sentido que, como vimos previamente, no se restringe al cuestionamiento de los contenidos mediáticos. Al contrario, este cuestionamiento puede convertirse en un detonante para que los sujetos-audiencia desnaturalicen los procesos históricos que los medios presentan como parte del “sentido común”. Lo que en palabras de Foucault supondría “hacer visible el inconsciente cultural” (1999, p. 34).

La desnaturalización de los procesos históricos, devenidos en sentido común, en cultura, debe operarse desde el sujeto, desde su condición de hombre o mujer; indígena, criollo o mestizo; heterosexual u homosexual; niño, joven, adulto o viejo; estudiante, obrero o campesino; etc. Desde ahí, desde el propio lugar, es donde la recepción puede convertirse en crítica y donde la crítica se convierte en asunción de la palabra, en práctica de liberación.

De esta manera, el punto de partida de la recepción crítica ya no debe ser el preguntarnos sobre qué uso y qué gratificación estamos buscando en los medios de comunicación, ni qué tipo de lectura realizamos de un determinado programa. El punto de partida debe ser la operación de desnaturalización.

La desnaturalización, por otro lado, no es un proceso que pueda imponerse. De lo que se trata, si pensamos en un proceso de educación para la recepción, como señala Guillermo Orozco, es “poner las condiciones para facilitar el análisis y la reflexión de los sujetos audiencia” (2001, p. 107). Para ello, dos actores se demuestran estratégicos: la familia y la escuela. Es en estos ámbitos, en el período clave de la socialización primaria, donde se puede acompañar a los niños audiencia en la formación de una actitud crítica no sólo frente a los medios sino también frente a las circunstancias del mundo en que se desenvuelven. Esto conlleva, por consiguiente, una transformación de ambas estructuras primarias, familia y escuela, que pasa, en un primer momento, por abandonar la comodidad que otorga la reproducción silenciosa y abrirse al cuestionamiento de la realidad a través de la desnaturalización de los procesos históricos. En este sentido, lo que está en juego es el tipo de socialización que estamos imaginando para nuestros niños. Si la socialización persigue la mera incorporación de normas, del deber ser, poco podremos hacer en pos de la formación de la perspectiva crítica de los niños. No se trata de aceptar las cosas tal como son, sino que la aceptación o el rechazo venga tras un proceso de análisis y reflexión por parte de los sujetos.

Una segunda línea de acción remite al papel que le corresponde al Estado en cuanto a su responsabilidad de garantizar la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos mexicanos. En tal sentido, en una sociedad definida por la centralidad de los medios masivos de comunicación, el Estado debería desempeñar un papel fundamental en su función de regulador del sistema de medios. Sin embargo, el Estado ha dejado que sea el mercado el que regule el sistema de medios y, por tanto, la diversidad programática.

Si no podemos pedirle a las empresas privadas, cuyo legítimo interés es lucrar con su actividad, en este caso con la producción mediática, sea informativa o de entretenimiento, que diversifiquen su oferta programática en favor de las audiencias, sí podemos exigir que el Estado asuma su responsabilidad sobre una materia tan sensible como la comunicación en el contexto de la sociedad contemporánea. De continuar esta desproporción (concentración mediática, nula diversificación en la oferta, acceso minoritario a diversas ofertas mediáticas) la ciudadanía, las audiencias, pese a ser críticas con los contenidos mediáticos, estarán a expensas de la decisión de unos pocos. Sostener una TV abierta de carácter privado y duopólico implica asumir, y quizá compartir, la idea de que México es uno solo, sin diversidad lingüística ni cultural. Abogamos, entonces, por un sistema de medios descentralizado y cuya oferta, pública y privada, esté regulada y garantizada por el Estado mexicano. Ni el sistema mexicano de medios es “naturalmente” así, ni México es “naturalmente” uniforme, como lo presentan los medios.

Referencias

Althusser, L. (1974). Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Buenos Aires: Nueva Visión.
Ang, I. (1985). Watching Dallas: Soap opera and the melodramatic imagination. London and New York: Methuen.
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Verón, E. (1995). Construir el acontecimiento. Barcelona: Gedisa.

[1] Según un estudio del Banco Mundial (2007), en el 2002 la mitad de la población vivía en pobreza y una quinta parte en pobreza extrema.

Créditos de Imágenes
1: GettyImages, Steven Ericco.
2: GettyImages, Image Source.
3: GettyImages, Huntstock.

El “pensamiento comunicacional” en México: notas para un debate (auto) reflexivo

Raúl Fuentes Navarro

La expresión “pensamiento comunicacional” es sugerente, como muchas otras que circulan en los ámbitos académicos dedi
cados al estudio de la comunicación en todas partes del mundo, que se debaten constantemente (y en apariencia constitutivamente) entre la afirmación de una identidad propia en tanto empresa intelectual, y la necesidad de justificar la inversión de recursos sociales en su institucionalización. En la última década del siglo XX dos libros de gran erudición y agudeza crítica actualizaron la historización necesaria de la “idea de la comunicación”: primero, desde el ángulo francés, La invención de la comunicación, de Armand Mattelart (1995), y luego, desde una perspectiva estadounidense, Hablando en el aire: una historia de la idea de comunicación, de John Durham Peters (1999). Desde la introducción de este último texto, el autor problematiza radicalmente:
  • En gran parte del discurso contemporáneo, “comunicación” existe como una suerte de plasma germinal malformado e indiferenciado. Rara vez una idea ha sido tan infestada de lugares comunes. […] Porque “comunicación” ha llegado a ser propiedad de políticos y burócratas, tecnólogos y terapeutas, todos ansiosos por demostrar su rectitud como buenos comunicadores. Su popularidad ha rebasado a su claridad. Aquellos que buscan hacer teóricamente preciso el término para el estudio académico, han terminado a veces sólo formalizando el miasma a partir de la cultura más en general. La consecuencia es que el pensamiento filosóficamente más rico sobre la comunicación, tomada como el problema de la intersubjetividad o las rupturas en la comprensión mutua, se encuentra frecuentemente en aquellos que hacen poco uso de esa palabra (Peters, 1999, p. 6-7).

Los debates sobre la naturaleza y alcances posibles del estudio de la comunicación son interminables, y no obstante las confusiones que estos mismos debates ayudan a generar, algunas nociones se imponen temporal y localmente, casi siempre relacionadas con proyectos sociales referidos a cierto tipo de prácticas “de comunicación”, o al menos a ciertas modalidades de institucionalización académica. Esta dimensión institucional, que regula las actividades de enseñanza e investigación y constituye el “campo académico”, resulta ser el espacio social propio para el cultivo y la difusión del “pensamiento comunicacional”.

Una de las formulaciones más elaboradas y conocidas del “pensamiento comunicacional”, expresión que equivale a
proximadamente a muchas otras, es la del francés Bernard Miège (1996), claramente ubicada en el debate francés por la legitimación académica de las Ciencias de la Información y la Comunicación, y que sostiene frente a la doble tensión entre “disciplina” e “interdisciplina”, por una parte, y entre la consistencia intelectual y sus usos instrumentales, por la otra:

  • La condición de este pensamiento comunicacional aún es profundamente indecisa, ya que al mismo tiempo es organizador de prácticas científicas, reflexivas o profesionales, y respuesta a las demandas de los Estados y de las grandes organizaciones e inspirador de cambios en las mismas; en una palabra, puede estar en el origen o acompañar los cambios en las prácticas culturales o las modalidades de difusión o de adquisición de conocimientos (Miège, 1996, p. 9-10).

Otra formulación que emplea el mismo término, ampliamente difundida desde Brasil por José Marques de Melo (2003, 2007) en los años más recientes, agrega un propósito explícito a la propuesta, al exponer las manifestaciones del “pensamiento comunicacional latinoamericano”:

  • La afirmación de la mirada latinoamericana, reivindicando la identidad sociocultural de los estudios e investigaciones que hace medio siglo están en proceso de desarrollo en nuestra megarregión, corresponde al propósito de enfrentar el tradicional complejo del colonizado. Reflejando un tipo de dependencia congénita, esa distorsión de personalidad respalda la producción de marcos teóricos generados en ecologías que están distanciadas de nuestros modos de ser, pensar y actuar. Frente a retos de esa naturaleza el segmento académico de la comunicación en América Latina no siempre reacciona positivamene, adoptando una conducta defensiva en lugar de ocupar el espacio que le compete en la vanguardia de la comunidad científica mundial (Marques de Melo, 2007, p. 16-17).

Con estos dos ejemplos puede quedar suficiente evidencia de que términos como “pensamiento comunicacional” suelen emplearse en un sentido más o menos asociado a una posición en un debate, en una lucha por la dominación (y la denominación) del campo. Es por ello que sirven para reconstruir una historia, en la que ciertos aportes se consideran más valiosos o significativos que otros, para justificar las perspectivas adoptadas en el presente, y para desde ahí trazar líneas de desarrollo y acción futuras.

En ese sentido, aunque “pensamiento comunicacional” ha sido una expresión poco usada en referencia a México, puede servir para estimular la recuperación histórica de los ingredientes presentes en los procesos de constitución del campo académico de la comunicación y, eventualmente, para clarificar sus condiciones. Puede comenzarse con un texto mexicano publicado en 1956, cuando el campo académico de la comunicación en México estaba todavía lejos de ser reconocible, que se incorporó a la construcción de una tradición de investigación sociolingüística y no propiamente “comunicacional”. Es un ensayo de Óscar Uribe Villegas publicado en la Revista Mexicana de Sociología, órgano del Instituto de Investigaciones Sociales de la unam, en el cual se argumenta, a partir de la sociología y la lingüística, la pertinencia de un estudio que aborde más allá “del campo restringido que al lenguaje corresponde”, al “horizonte más amplio –en el que el estudio anterior se enmarca– de la problemática de la comunicación” (Uribe, 1956, p. 566).

  • Trabajo penoso y de exiguo rendimiento inmediato este último, ya que el instrumental que en él se emplee ha de tener la más variada procedencia, puesto que debe incluir lo mismo el filosófico que el psicológico, el etnológico que el fisiológico, si se considera que la amplitud del objeto de estudio reta a la especialización y compartimentalización de las ciencias y apenas se ofrece en promisoria entrega a una teoría general del hombre, valga decir, a una antropología filosófica.
    Una teoría de la comunicación debe mostrar los diversos modos de comunicación empleados por el hombre en diferentes latitudes y en las distintas épocas de la historia, el grado en que las mismas se asemejan y el grado en el que difieren de las que pueden considerarse como formas animales de comunicación, la proporción en que estos mismos procedimientos de comunicación humana coinciden y divergen entre sí; deb
    e indagar los procesos psíquicos que posibilitan el nacimiento del signo y del símbolo, y aquellos a través de los cuales se hacen inteligibles y comunicables; debe encarar el problema de la relación existente entre el símbolo y la realidad, y determinar si hay entre ambos una adecuación natural o si, por el contrario, la relación que les liga es meramente convencional e imperfecta (lo que lleva de la mano a problemas epistemológicos ineludibles), todo lo cual desemboca, necesariamente, en una valoración de los diferentes sistemas de comunicación, y de cada una de sus variantes como tales medios de comunicación (Uribe, 1956, p. 566).

El ensayo recupera e incorpora diversas propuestas multidisciplinarias, publicadas en los años cuarenta y aún no traducidas al español, como la cibernética de Wiener y la semiótica de Morris, o las obras de antropólogos y lingüistas como Boas, Sapir y Whorf (aunque sin referirlos en su bibliografía), en un marco más filosófico que sociológico. No obstante, el párrafo final del texto apunta hacia una propuesta ambiciosa de integración teórica:

  • Los sistemas de comunicación (y muy particularmente el lenguaje hablado), no son elementos pasivos que sufran la influencia de la organización social, de la cultura y de las experiencias individuales sin que, a su vez se conviertan en medios a través de los cuales unos individuos influyen sobre otros en maneras ciertas y determinadas, en instrumentos al través de los cuales se transmiten las culturas y la organización social presiona y moldea la cultura de sus individuos, o mediante los cuales las diferentes sociedades accionan y reaccionan unas sobre las otras, sino que, por el contrario, el estudio de las formas de comunicación en el seno de la vida social ha de revelar al estudioso la forma en que el lenguaje contribuye a su vez a modelar y dar cauces a la vida social, la manera en que contribuye a crear o destruir vínculos e instituciones sociales, la forma en que contribuye a la comprensión o incomprensión entre los pueblos, las vías por las cuales coadyuva a la transmisión y a la participación en la cultura, así como el grado en que del lenguaje depende la aparición de una cosmoteoría o mundovisión en el seno de la sociedad, y consecuentemente, la proporción en que el lenguaje no sólo llega a poner en evidencia, sino incluso llega a regir la articulación de los diversos elementos de la vida social, convirtiéndose con ello en uno de sus núcleos cordiales (Uribe, 1956, p. 582-583).

Aunque este texto es contemporáneo del establecimiento de la licenciatura en Periodismo y Comunicación Colectiva de la unam, no hay una relación directa con la fundación del campo académico de la comunicación, como ya se ha señalado, sino en todo caso con un programa de investigación sociolingüística que no parece haber cumplido tampoco la tarea prevista. Pero, en todo caso, pueden reconocerse ciertas resonancias entre su contenido (y hasta su forma) y los conceptos y prácticas que animaron, en las dos décadas siguientes, a algunas de las primeras escuelas mexicanas de ciencias de la comunicación, precisamente las que se abrieron bajo el modelo “humanístico”, como las de la uia (1960), el iteso (1967), la Universidad Anáhuac (1970) o la Universidad de Monterrey (1971). En otros textos he expuesto la idea de que la carrera de comunicación en México se desarrolló a partir de tres “modelos fundacionales”: el de la formación universitaria de periodistas (a partir de los cincuenta), el de la formación de intelectuales humanistas (a partir de los sesenta), y el de la formación de científicos sociales críticos (a partir de los setenta), y que desde entonces lo que se encuentra son mezclas difusas de elementos de los tres, con predominio de los del primero. Pero quizá el hecho más importante sea que el campo académico mexicano, y quizá las distintas vertientes del “pensamiento comunicacional”, se originan en los programas de licenciatura y no en programas de investigación o de posgrado (Fuentes, 2005).


El discurso institucional sobre las licenciaturas basadas en este modelo “humanista” fue expuesto por sus directores en el III Seminario de Comunicación de la Universidad Anáhuac en 1974, ya en plena confrontación con las condiciones inciertas de los mercados profesionales y el crecimiento desmedido de la matrícula (Universidad Anáhuac, s/f). José Cárdenas, en la época director de la carrera en la uia, señaló que “según dicen los documentos que reflejan el pensamiento de los fundadores de la carrera, se pensó que la formación universitaria sería transmitida mediante un cúmulo de conocimientos filosófico-humanísticos, así como de conocimientos relativos a las ciencias económicas y sociales (p. 16).

Cárdenas relató también los procesos de revisión y reestructuración a los que se sujetó la carrera, después de 14 años de operación, cuando se precisaron los parámetros básicos de la formación universitaria y sus fundamentos curriculares. “Pero teníamos pocos elementos proporcionados por la misma reforma académica para realizar también un esclarecimiento y un enunciado un poco más preciso de lo que se entiende por la práctica profesional del profesional en comunicaciones, que para nosotros era importante fijarlo.” (Universidad Anáhuac, s/f, p. 21.) El resultado de la deliberación sobre este perfil profesional, según lo describió Cárdenas, es muy representativo de la idea que proponían a sus estudiantes las carreras “humanísticas” de comunicación a mediados de los años setenta:

  • La actividad básica del profesional en comunicación consiste en comunicar, lo cual es un hecho o proceso sociocultural fundamental. El profesional interviene en forma directa en alguno, o en varios o en el conjunto, de los actos de este proceso. Esta intervención se orienta a dos tipos de procesos: por una parte los procesos de comunicación colectiva o masiva, indirecta, pública y unilateral, y por otra, los procesos de comunicación individual o colectiva, directa o indirecta, privada o pública, pero siempre recíproca y con fines claramente específicos e inmediatos de promoción social y desarrollo humano integral (Universidad Anáhuac, s/f, p. 21-22).

La primera de las “formas típicas de intervención” profesional de los comunicadores mencionadas por Cárdenas, es la investigación, definida en dos sentidos: en el “más lato” consiste en “recabar datos de la realidad para formular mensajes”, y en un sentido “más estricto” se entiende como “la aplicación de métodos científicos al conocimiento de una, algunas, o del conjunto de variables de procesos de comunicación para describir, explicar, evaluar, predecir, modificar o inferir características” (Universidad Anáhuac, s/f, p. 22). A la distancia, puede percibirse con claridad la creciente tensión entre el discurso conceptual, que caracterizaba a la comunicación como un “proceso sociocultural fundamental”, uno de los “núcleos cordiales” de la vida social, y las concepciones instrumentales exigidas tanto por las prácticas de formación profesional como, mucho más radicalmente, por los agentes sociales que habrían, idealmente, emplear a los egresados. La presentación de Jorge Villegas en el mismo seminario, referida a la carrera de Ciencias de la Comunicación en el Tecnológico de Monterrey, es ilustrativa al respecto, al justificar de entrada el “enfoque empresarial” adoptado, en lugar del periodismo o el humanismo:

  • Un estudio previo del mercado para los futuros egresados de Ciencias de la Comunicación hizo desechar al Tecnológico la idea de orientar la carrera hacia las técnicas de difusión de noticias. Las empresas responsables de esa divulgación no mostraban, en la encuesta, interés primordial por profesionales de la especialidad. Quienes realizaban las tareas específicas de información en ellas, decían, tenían poca preparación académica, requerían poco adiestramiento previo y ganaban sueldos exiguos. Las empresas en general, en cambio, decían estar listas para recibir a profesionales con capacidad para tomar decisiones relativas a programas de publicidad, relaciones públicas y divulgación de información. Más que especialistas para cada uno de esos medios, decían necesitar un profesional capaz de desplazarse de un área a otra (Universidad Anáhuac, s/f, p. 69).

En la Universidad Nacional, representada en aquel seminario por Hugo Gutiérrez Vega, el énfasis fundacional había sido en periodismo, pero para los setenta “el campo de la comunicación social adquirió una gran importancia” (Universidad Anáhuac, s/f, p. 162). Abordando las tensiones prevalecientes, con más de 2 mil estudiantes cursando ya entonces la carrera, en la unam “todavía nos encontramos en la búsqueda de un programa que realmente sepa conciliar los aspectos teóricos con los prácticos y formar comunicadores que logren equilibrar esas dos posiciones que de ninguna manera son contradictorias” (idem). Dos años antes de la transformación de la carrera de Periodismo y Comunicación Colectiva de la fcpys de la unam en licenciatura en Ciencias de la Comunicación, Gutiérrez Vega sintetizaba la dicotomía que, incluso, explicaba “el aislamiento” de la unam respecto a otras universidades (privadas) donde se estudiaba la comunicación:

  • Hay una visión del estudio de los medios de comunicación de masas, creo que ésta es la que se adapta a la orientación general del Departamento de Periodismo y Comunicación de la unam: ver en los medios agentes del cambio social. Esta visión se enfrenta a la de los medios manejados por la empresa privada, que considera a los medios de comunicación de masas como reforzadores de las pautas de conducta de la ideología dominante con miras a la inmovilidad, a que nada cambie, y creo que aquí, el estudio de los efectos de los medios de comunicación de masas puede inscribirse perfectamente, si los consideramos como agentes de la inmovilidad social y de la inmovilidad política (Universidad Anáhuac, s/f, p. 167).

A mediados de la década de los setenta se estableció, sobre todo en las universidades públicas que ingresaron entonces al campo de la comunicación, el tercero de los “modelos fundacionales” de la carrera: el que concibió el estudio de la comunicación en términos de una especialidad de las ciencias sociales, particularmente en sus vertientes “críticas”. Gutiérrez Vega sintetizó este proyecto de la siguiente manera:

  • Creo que la Universidad no debe tratar con fórmulas de menosprecio la formación de profesionales aptos, desde el punto de vista técnico y teórico, y al mismo tiempo dotados de una visión crítica de la realidad social, que les permita tomar una decisión; es una decisión que en determinados momentos en realidad pertenece a la conciencia del individuo: la decisión relacionada con la alianza, la alianza con la clase hegemónica o la alianza con la clase ascendente, es decir, con la clase trabajadora (Universidad Anáhuac, s/f, p. 167).

Y en relación con la ruptura del “aislamiento” de la unam, Gutiérrez Vega remató su intervención expresando su convicción de “que en esta crítica, universidades como la Anáhuac, la Iberoamericana, la de Monterrey, tienen un papel fundamental que jugar en la sociedad mexicana” (Universidad Anáhuac, s/f, p. 168). No obstante, fue la UAM-Xochimilco, recién creada en 1974, y no la UNAM, la primera de las universidades públicas, con una carrera de comunicación definida plenamente desde las perspectivas críticas de las ciencias sociales, en participar activamente con las instituciones privadas en la creación del Consejo Nacional para la Enseñanza y la Investigación de las Ciencias de la Comunicación (Coneicc) en 1976, espacio principal aunque no único, de cooperación interinstitucional y, por ende, de confrontación de proyectos, perspectivas y “pensamientos comunicacionales”.


Puede afirmarse que el “pensamiento comunicacional” en México, como en cualquier otro país, tiene raíces, manifestaciones y desarrollos diversos, pues está indisolublemente asociado con proyectos sociales y académicos distintos, y en muchos momentos contrarios, o al menos divergentes entre sí, cuya coexistencia es fundamentalmente importante. Una manera de reconstruir su historia es comparar los componentes que lo constituyen en el tiempo, pero sin suponer que representan una sola línea de continuidad o acumulación. En todo caso, los documentos, muy poco conocidos como tales, recuperados para elaborar el presente texto, pueden servir para identificar las pugnas de épocas pasadas, las posiciones tanto “teóricas” como “políticas” sostenidas por los agentes más destacados, así como las reestructuraciones del campo académico (y del “pensamiento comunicacional”) a que han contribuido.

En mi trabajo de investigación sobre la estructuración del campo académico de la investigación de la comunicación en México, reconocí tres “momentos” cruciales que podrían corresponder a cambios en la primacía de ciertos modos de “pensamiento comunicacional” asociados a los cambios en la primacía de ciertos tipos de agentes académicos. Propuse entonces que “la co-incidencia, en los últimos veinte años, del cambio en las condiciones del mercado académico mexicano y del cambio en las condiciones epistemológicas del estudio de la comunicación, ha generado ‘coyunturas sistémicas’ para la reestructuración del campo de la investigación académica” (Fuentes, 1998, p. 349). Estas tres “coyunturas sistémicas”, ubicadas aproximadamente en los años setenta, ochenta y noventa, las representé mediante tres juegos de oposiciones, respectivamente: “empiristas” vs. “críticos” (resuelta en favor de los segundos); “fragmentación” vs. “síntesis” (con predominio de la primera) y “extensión de la imaginación utópica” vs. “recuperación del pragmatismo”, apuestas por el futuro que se plantearon como mutuamente excluyentes pero sin resolución clara hasta la segunda mitad de los años noventa. Quizá sería tiempo ya, a principios de 2008, de retomar el proceso de interpretación planteado entonces, y documentar con detalle los múltiples y muy variados fenómenos que han caracterizado al campo académico en la última década.

Desde una perspectiva como ésa, sería muy pertinente analizar la diversidad de “pensamientos comunicacionales” que se cultivan actualmente, sobre todo como tendencias de investigación, más o menos relacionadas con los programas de licenciatura y posgrado, pero sin articulaciones consolidadas. Y contrastar, en una perspectiva histórica, los núcleos de sentido que permanecen, así como las propuestas que emergen, como los múltiples acercamientos relacionadas con los “nuevos medios”, o la viabilidad de una “comunicología posible” (Galindo, 2005), por ejemplo. El campo académico de la comunicación, visto desde sus escalas cognitivas o intelectuales y desde sus condiciones epistemológicas, es un buen objeto de estudio que vale la pena, teórica y prácticamente, hacer evolucionar.

Referencias

Fuentes, R. (1998). La emergencia de un campo académico: continuidad utópica y estructuración científica de la investigación de la comunicación en México. Guadalajara: iteso-Universidad de Guadalajara.
Fuentes, R. (2005). La configuración de la oferta nacional de estudios superiores en comunicación. Reflexiones analíticas y contextuales. México: Anuario Coneicc de Investigación de la Comunicación, (12), 15-40.
Galindo, J. (2005). Hacia una comunicología posible. San Luis Potosí: Universidad Autónoma de San Luis Potosí.
Marques de Melo, J. (2003). História do pensamento comunicacional. Cenários e personagens. São Paulo: Paulus.
Marques de Melo, J. (2007). Entre el saber y el poder. Pensamiento comunicacional latinoamericano. Monterrey: Comité Regional Norte de Cooperación con la Unesco.
Mattelart, A. (1995). La invención de la comunicación. México: Siglo XXI.
Miège, B. (1996). El pensamiento comunicacional. México: Universidad Iberoamericana.
Peters, J.D. (1999). Speaking into the air: A history of the idea of communication. Chicago & London: The University of Chicago Press.
Universidad Anáhuac (s/f). Enseñanza = Aprendizaje de la Comunicación. Memoria del III Seminario de Comunicación. México: Universidad Anáhuac.
Uribe, O. (1956,septiembre-diciembre). De la importancia y variedad de la experiencia comunicativa. Revista Mexicana de Sociología, XVIII (3), 563-584.

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Hacia la construcción de un modelo de comunicación para la sustentabilidad: las primeras letras del alfabeto ambiental

Rafael Tonatiuh Ramírez Beltrán
A la memoria de José Abel y Alma Deifilia.

Introducción

Estamos en los albores de cumplir cuatro décadas
[1] de que la discusión pública sobre lo que concebimos como problemas ecológicos, de sobrepoblación o de contaminación, sobre todo porque la manifestación de problemas locales de deterioro comenzaron a dimensionarse a una escala mayor por diversas evidencias (pérdida de biodiversidad y cubierta vegetal, agujero en la capa de ozono, alteraciones climáticas, etc.) como una innegable crisis ambiental global que atentaba contra toda forma de vida en el planeta Tierra. No se trata de la primera crisis ambiental por la que pasa nuestro planeta –pensemos en las glaciaciones–, pero sí es la primera que tiene que ver (en diversos niveles de responsabilidad) con una especie viva que lo habita y, más concretamente, en cómo se relaciona con la naturaleza para satisfacer necesidades.

A pesar de la presencia cada vez más notable del tema ambiental en la agenda pública de la sociedad (política y civil), creemos que todavía no hemos podido comunicar la gravedad de la situación con la suficiente fuerza para hacer saber del riesgo en el que estamos como especie (dado que, aun en el escenario de más pesimista, la naturaleza nos sobrevivirá en alguna forma). Para decirlo de una vez: la población del planeta en su generalidad no tiene información confiable, suficiente y pertinente sobre la crisis ambiental y el papel de la sustentabilidad como alternativa a la misma. La comunicación, como el acto de compartir significado a través de mensajes, tiene todavía una larga agenda pendiente en el caso de lo ambiental.

En relación con lo anterior, el comunicador ambiental Hernán Sorhuet (2008) sostiene que la emergencia del cambio climático, como ejemplo emblemático de la grave crisis ambiental actual:
  • Es evidente que su presencia acorta los plazos y reduce los niveles de paciencia. Es un fenómeno con una característica única y para muchos novedosa: afectará a toda la humanidad. Y aunque lo hará de diferente manera, en todos los casos será lo suficientemente grave como para movernos el piso.
    ¿Está consciente la sociedad que debe participar en la preparación de las medidas de adaptación y mitigación al cambio climático? ¿Cómo y cuándo lo hará? A medida que nos enteramos de nuestras vulnerabilidades y de la prospectiva del problema, urge responder esas preguntas.
    En estos días la información que recibe la sociedad sobre el devenir del calentamiento global parece abundante. Sin embargo, no es de buena calidad porque el mensaje general que deja es que el problema está aún lejano a nuestra realidad personal y grupal. Y no es así.

El presente artículo tiene entonces el cometido de iniciar el desarrollo de un modelo de comunicación para la sustentabilidad y el cambio climático partiendo de lo básico; esclarecer cuatro conceptos elementales en el necesario y ya impostergable debate ambiental que aunque, ya iniciado en nuestro país, es todavía lejano del uso preciso de los términos y poco claro tanto en la vida cotidiana como en la política pública ambiental que parece, habrá que decirlo, perder foco sexenio tras sexenio en esta materia. La dificultad es mayor si consideramos que comunicar ambientalmente no es tarea fácil dada la cantidad de variables involucradas; es una tarea que bebe considerar la complejidad de los fenómenos. El modelo avanzará entonces hacia la descripción del cambio climático, como caso, y analizará los mensajes que se estén dando en los medios (mensajes, notas periodísticas, documentales) y lo que ya existe en los diversos niveles el Sistema Educativo Nacional para evaluarlos y finalizar con una propuesta de educación y comunicación ambiental para ambos segmentos (cfr. Anexo1).

El modelo inicia con un proceso de alfabetización. Los conceptos que proponemos son: ambiente, crisis ambiental, sustentabilidad y comunicación ambiental, los cuales son relevantes si vemos que los pocos comunicados ambientales confunden, con frecuencia, la idea de ambiente con naturaleza, crisis con problemática ambiental, desarrollo sustentable con sustentabilidad, y comunicación ambiental con simple información “científica”, dando lugar a innumerables sesgos y tergiversaciones desde ideológicos y semánticos, hasta políticos, económicos y, por supuesto, de comunicación.

El ambiente: una polisemia

El camino del reconocimiento para comunicar la sustentabilidad ambiental ha sido, aunque vertiginoso en su urgencia percibida por la sociedad, tergiversado y limitado en la cabal comprensión casi generalizada. Todavía en la actualidad se escucha con frecuencia frases como “protejamos a la naturaleza”; “defendamos la ecología”; “iniciemos la sustentabilidad financiera”; “salvemos al mundo” o, en reciente anuncio gubernamental, “reforestemos para mantener ocupados a nuestros campesinos”, dicha por políticos, líderes de opinión, actores sociales, comunicadores, empresarios, científicos, medios y hasta seudo-ambientalistas.

Comenzaremos por precisar que el término ecología es distinto al de ambiente. En sentido estricto, Ecología es una disciplina científica encargada de la relación de las especies con su entorno. El ambiente es mucho más que eso. Basta decir que la gran mayoría de los problemas ambientales tienen, de origen, una honda raíz social. Piense usted en el que quiera (la pérdida de un bosque o el incremento de los huracanes) y notará que su origen está en el estilo de desarrollo de la sociedad actual.

A lo largo de la pasada década quedó claro que el discurso ambiental, sobre todo por el ingrediente político que lo expresa, no es ni será nunca un discurso único, neutro. Es múltiple, diverso y en un permanente debate y transformación como ha quedado demostrado en otros trabajos.
[2]


Hoy, siguiendo a la canadiense Lucie Sauvé (l996), podemos diferenciar seis conceptos distintos de ambiente, lo que es importante porque, dependiendo de lo que se entienda, se tendrá o no comprensión de él y se actuará en consecuencia de esta noción.

Dichos conceptos y algunas reflexiones sobre ellos son los siguientes:

1. El ambiente como naturaleza. Esta concepción limita el ambiente a “lo natural”, de la que el hombre no está inmerso, expulsado del paraíso terrenal por segunda vez, como lo asegura González Gaudiano. De esta concepción pueden desprenderse prácticas paisajistas, contemplativas (o llamadas también “de regreso”) y admiración de la naturaleza.
2. El ambiente como recurso. El ambiente es la externalidad económica (lo que queda fuera de los procesos productivos y en donde van a dar los desechos) y, al mismo tiempo, la base material de todos los procesos de desarrollo. Este concepto es productivista (el ambiente es la reserva de la producción futura) y está en la médula de la lógica de la conservación y, por supuesto, la acumulación.
3. El ambiente como problema. Aquí los sinónimos son deterioro, amenaza, erosión y contaminación. Las respuestas son, casi siempre, técnicas, fragmentarias y limitadas.
4. El ambiente como medio de vida. Lo que se alude en realidad es el entorno familiar, escolar o laboral. Es el contexto local en el que nos desenvolvemos y, al mismo tiempo, transformamos. El ambiente es lo que nos rodea.
5. El ambiente como biósfera. Es complementario y amplificado al anterior: es el planeta; la casa, el barco y la nave de todos, que tiene límites cada vez más claros. Esta concepción es fundamentalmente filosófica; es el planeta como ser viviente: Gaia.
6. El ambiente como proyecto comunitario. Esta concepción remite a la re-apropiación y manejo adecuado de los recursos naturales, autonomía y democracia políticas, autosatisfacción económico-productiva, y toma de decisiones locales, teniendo en cuenta los componentes naturales y antrópicos. A diferencia de las otras concepciones, aquí se unen conciencia, conocimiento y acción social sobre el entorno inmediato. Es el lugar ideal para comunicar ambientalmente y realizar acciones de sustentabilidad.

La crisis ambiental, mucho más que un problema



Del mismo modo escuchamos, en la vox populi en que se han erigido los medios en el mundo actual, que hay problemas ambientales y a continuación se cita, por ejemplo, la contaminación atmosférica o la basura, para después enunciar una serie de soluciones (desde activistas hasta técnicas) que siempre resultan superficiales, parciales y frustrantes en su aplicación.
[3] Los problemas ambientales no son sino síntomas de la enfermedad de nuestro mundo.

La forma más contundente de comunicar la crisis ambiental es ubicarla en un espacio: la globalización; en un tiempo: los últimos 200 años; y en el entendimiento de que el deterioro paulatino de los recursos naturales fue originado por el modo de producción dominante en occidente. Se trata, entonces, del análisis de la crisis ambiental a la luz de lo político, económico, social y cultural, en el marco de las condiciones históricas de la sociedad industrial y posindustrial. Márquez define los ingredientes de la crisis de la siguiente forma:
  • Esta relación hombre-naturaleza en la sociedad industrial se podría caracterizar por cuatro aspectos básicos: primero, por el control y la transformación del entorno natural realizado a partir del saber científico, es decir, con el pleno conocimiento de causa de las implicaciones que tiene la intervención humana sobre aquél; segundo, por un fenómeno de escala que implica que muchas de las modificaciones sobre el entorno natural adquieren ahora un carácter planetario; tercero, porque existe una disociación entre lo recomendable, a partir del conocimiento científico, y los dictados de los intereses económicos y comerciales en muchas ocasiones contrapuestos y dominantes; y cuarto, porque nunca antes el hombre estuvo en capacidad de poner en riesgo su propia existencia a partir del crecimiento desigual y de su intervención depredadora de la naturaleza.
En otras palabras: control y modificación científica, en el ámbito planetario, ocasionados por intereses económicos, pone en riesgo la existencia de la vida humana. Leff señala, por su parte, que la relación desarrollo-medio ambiente debe leerse bajo el enfoque de la sobredeterminación económica:
  • El conocimiento de los procesos de transformación de la naturaleza bajó el enfoque de la sobredeterminación de su proceso de producción y de reproducción sobre la transformación de las culturas y de sus ecosistemas, y a pensar en forma específica de inscripción de los procesos ecológicos en la dinámica del capital. El proceso de valorización del capital a escala mundial, aparece como la causa sobredeterminante de la transformación de los ecosistemas, de su destrucción funcional y de la degradación de su potencial productivo primario” (1994, p. 12).
Por ello, la base de la crisis ambiental debe encontrarse en el análisis del modo de producción y las condiciones del proceso de acumulación y de reproducción del capital a escala planetaria que ha implicado, en forma inevitable por los ritmos de extracción de las materias primas, el uso de los recursos naturales y el cambio en el uso del medio natural.

La obtención indiscriminada de recursos de los ecosistemas en los últimos 30 años no tiene precedente en la historia. Los problemas de deforestación, erosión, incremento poblacional, subconsumo y sobreconsumo, pérdida de la biodiversidad, pobreza, alteraciones atmosféricas y el mismo cambio climático significan, a su vez, limitantes al desarrollo actual y obligan a cambiar los modelos de desarrollo, no sólo para detener las causas que los producen sino también para revertirlos (Arizpe y Carabias, 1992).

Del desarrollo sustentable a la sustentabilidad: caminos que divergieron

Hace 16 años, en Río de Janeiro, Brasil, los representantes de 150 naciones se comprometieron a lograr la sustentabilidad planetaria en la Declaración de Río sobre medio ambiente y desarrollo (1992). Este acuerdo venía precedido por un trabajo de definición conceptual realizado por la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo publicado en 1987 bajo el nombre de Nuestro futuro común. Dicho documento puntualizaba el concepto que funda, conceptualmente, al desarrollo sustentable: “Es el desarrollo que satisface las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades.”

Algunos teóricos (Carabias y Provencio, 1993) veían en este concepto dos vertientes muy claramente definidas: la ambientalista y la economicista.

El terreno económico asumía, implícitamente, un desarrollo distinto, sobre todo por la incapacidad de los modelos vigentes para superar los problemas estructurales del empleo, la concentración del ingreso, la pobreza, el atraso tecnológico, la heterogeneidad sectorial y, por supuesto, el deterioro de los recursos naturales. Por otro lado el ambientalismo, que había evolucionado en sus fines y metas en la década de los ochenta, había centrado la discusión más allá del conservacionismo y el agotamiento de los recursos naturales, al mismo tiempo que avanzado a una visión global que daba cuenta de las complejas interrelaciones de los ecosistemas.

Los elementos que se desprendían de este primer concepto de desarrollo sustentable eran tres: la cobertura de necesidades básicas en la presente generación, la capacidad de carga de los sistemas naturales para lograrlo, y la cobertura de las necesidades de las generaciones futuras.

La discusión que se desató después del informe de Nuestro futuro común (Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo, 1987) quedó establecida en la importancia que se da en los países del sur al primer elemento del concepto, y los países del norte en el compromiso transgeneracional de un ambiente sano. Este debate estuvo presente en la Reunión de Río con puntos irreconciliables como el acuerdo sobre la biodiversidad y, más recientemente, el de Kyoto, en relación con los límites a la producción de los gases de invernadero, ambos jamás firmados por el gobierno de Estados Unidos, aunque habría que reconocer que en diciembre pasado, en Balí,
[4] la posición de dicho país comenzó a modificarse ante la posibilidad de quedar aislados frente a los demás países.

Sin embargo, aquellas desavenencias en reuniones internacionales en la década de los noventa originaron una disputa en los intereses de los países que se reflejó en el uso y abuso del término que lo hizo polisémico, equívoco y hasta vacío, pues cada quien lo usaba según sus propios intereses.

También ayudó a este proceso de desgaste la imprecisión del término desarrollo sustentable, pues éste adolece, además de deficiencias conceptuales desde la perspectiva económica (no esta definido con claridad el valor de la naturaleza económicamente, tampoco hay indicadores de sustentabilidad económica, ni formas de controlar las externalidades como instrumentos y mecanismos eficaces), en lo ambiental, pues dicho termino también carece de una definición teórica precisa de lo que es el manejo integral de los recursos naturales y de la inclusión de bases ecológicas de tecnologías apropiadas y tradicionales; tampoco se aclara cómo hacer frente a las fuertes desigualdades sociales a escala planetaria. Por lo anterior, hay quienes han visto en el desarrollo sustentable una prolongación matizada de las estrategias desarrollistas (Sachs, 1992).

En resumen, en el concepto no quedaba claro si la propuesta de desarrollo sustentable era la base para la redefinición de la relación sociedad-naturaleza, y por lo tanto una transformación del proceso civilizatorio actual, basándose en una nueva racionalidad ambiental, u otra forma de desarrollo dentro del mismo estilo de desarrollo dominante.

Leff (1998b) va más lejos en su crítica al desarrollo sustentable, pues sostiene que es un discurso suplantador de una idea genuina de proponer un desarrollo alternativo. En la última década hemos visto que el discurso ambiental crítico parece estar sometido a los dictados de la globalización económica:
  • Las estrategias de apropiación de los recursos naturales en el proceso de globalización económica han trasferido así sus efectos al campo teórico e ideológico. Es justamente en Río donde fue elaborado y aprobado un programa global (conocido como Agenda XXI) para normar el proceso de desarrollo con base en los principios de la sustentabilidad [...] ahora el discurso neoliberal afirma la desaparición de la contradicción entre ambiente y crecimiento. Los mecanismos de mercado se convierten en el medio más certero y eficaz para internalizar las condiciones ecológicas y los valores ambientales al proceso de crecimiento ecológico.
Se trata, en pocas palabras, de una reconciliación forzada de los contrarios: ambiente y crecimiento económico. Es –según el mismo autor– una vuelta más a la tuerca de racionalidad económica. Y por eso hoy se ha propuesto el término sustentabilidad como más próximo al tamaño de empresa que tiene la generación actual.
La sustentabilidad deberá considerar la ampliación del plano conceptual con una visión compleja de la realidad, así como espacial, es decir, un conocimiento en la globalización de las mercancías y de los recursos naturales, y una temporalidad transgeneracional respecto al futuro. También considera una construcción social participativa, los ritmos de recuperación de los ecosistemas, los beneficios económicos justos y, sobre todo, que la sustentabilidad es de base, producida desde abajo, en las comunidades, a diferencia del desarrollo sustentable que fue una iniciativa de los organismos internacionales a los representantes gubernamentales.

Se trata ni más ni menos de pensar al planeta y a la especie humana en forma distinta. Cambiar la concepción que se tiene de la identidad, satisfacción de necesidades, nacionalidad, soberanía, autonomía, género, ambiente y, por supuesto, producción, distribución y consumo.

Leff (1998c) propone que para construir esta sustentabilidad se debe incorporar un conjunto de valores y criterios que no pueden ser evaluados en modelos de racionalidad económica ni sometidos, por supuesto, a una medida del mercado. Son cuatro las esferas, estrechamente vinculadas, que deberán incorporarse a la constitución de este concepto: racionalidad sustantiva (que defina valores y objetivos respecto a la sustentabilidad ecológica, equidad social, diversidad ecológica, cultura, etc.); racionalidad teórica (que sistematice los valores anteriores integrándolos a las condiciones materiales y a las potencialidades ambientales y productivas); racionalidad instrumental (que posibilite respuestas técnicas funcionales y operacionales de las anteriores racionalidades) y, por último, racionalidad cultural (que produce la identidad e integridad de cada cultura dando coherencia en sus prácticas sociales y productivas). Tareas todas ellas nada sencillas, pero inevitables, si queremos tener un futuro, al mismo tiempo que serán una forma de comunicar ambientalmente en forma distinta.

La comunicación ambiental no es una opción para nuestra generación planetaria

La comunicación ambiental debe entenderse, en principio, como un saber interdisciplinario, pues integra diversas disciplinas que aportan conceptos, metodologías y herramientas para entender y posibilitar la cabal apropiación a la sociedad de la complejidad ambiental, con una base científica.

La comunicación ambiental es, entonces, una herramienta de intervención social y, en el mejor escenario, un medio para informar sobre la crisis ambiental en sus manifestaciones globales, nacionales y locales: bajo el esquema de impactar en el pensamiento global para tomar decisiones locales; y a la inversa, es decir, pensar localmente y buscar el impacto planetario, por lo que debe posibilitar las alternativas comunicativas internas de las comunidades y, al mismo tiempo, extender las que generen las sociedades del conocimiento tendientes a la sustentabilidad.

Es indispensable aclararlo: la comunicación ambiental es un conocimiento y sus cada vez más amplias redes de difusión, necesaria e impostergable para la generación presente y para las futuras, lo será aún más. No es una opción. Es un asunto que nos compete y compromete a todos. Lo que está en juego no es sólo un problema ético, sino de la supervivencia de la vida en el planeta Tierra, y de la especie humana en particular, por el insostenible uso de los recursos naturales impuesto por el modelo de desarrollo económico dominante. Las prácticas socioambientales cotidianas, en las civilizaciones modernas, son evidencia de una cosmovisión a veces sincrética, con raíces históricas de diversa profundidad, que se encuentran influidas por una multiplicidad de factores sociales, económicos y políticos, evidentes en una cultura occidental avasalladora en la imposición de formas de producción y consumo. También ese mismo estilo de vida ha generado una forma de comunicación materializada en medios que potencia el hiperconsumo y que influye en desvirtuar los valores locales.

Construir una racionalidad social y ambiental alternativa sustentable pasará, inevitablemente pero consciente del reto y capaz de enfrentarlo, por la construcción de una comunicación ambiental y ésta, a su vez, por una labor de difusión, de compartir y convencer más que manipular, de desviar la atención o imponer.

Una orientación necesaria es la complejidad. La comunicación ambiental no se puede reducir a la información y fomento de hábitos parcelados, mecánicos y verticales como poner la basura en su lugar, separar los desechos, cerrar la llave del agua, alternar el pronto pago del vital liquido o apagar la luz, los cuales, sin duda, son benéficos pero de corto alcance y escaso valor educativo. La comunicación ambiental debe superar el voluntarismo desinformado y las acciones por moda. Es más bien un enfoque comunicativo centrado en difundir prácticas que permitan profundizar en los valores culturales de una comunidad, el reconocimiento de su historia, su ubicación en un contexto histórico cambiante en el que el hombre y la naturaleza se entrelazan inevitablemente. Obedece a inercias homogéneas no siempre acordes a las condiciones sociales y naturales de las comunidades cuyos efectos impactan de diversas maneras en la cultura y la vida propia. Es una mirada que no renuncia a percibir las relaciones múltiples en tiempo y espacio de lo que se hace, se deshace o deja de hacerse, pues es una oportunidad de construir una identidad sólida, siempre deseable, como resultado de una información pertinente sobre el entorno.

Así, convendrá más hacer reflexionar, por medio de mensajes claros y contundentes acerca, por ejemplo, del origen de los desechos sólidos que se producen en la ciudad, de los motivos que llevan a consumir lo que más desechos genera, de la forma en que se obtenía el agua en el pasado, la forma en que se conservaba y, tal vez, la forma en que se fue contaminando y agotando para proponer su manejo en forma sustentable; o también preguntarse desde cuándo la comunidad cuenta con energía eléctrica, cómo se produce y para qué se usa, qué beneficios trae, quién se beneficia más de ella, por qué es necesario cubrir sus costos y lo que esto implica en un contexto nacional, y qué son las energías alternativas o renovables.

Ejemplos de prácticas de comunicación ambientales susceptibles de reflexiones como las aquí propuestas son: las formas de recreación y turismo, la alimentación, la preparación de los alimentos, la forma de tratamiento de las enfermedades por curar o su prevención, el uso de medios de transporte, el uso de útiles y materiales escolares, las formas de construcción de la vivienda, las fuentes de ingreso económico de la comunidad, las fiestas y tradiciones, el mejor aprovechamiento de los recursos naturales de la localidad, etcétera. Este tipo de temas generalmente recibe un tratamiento poco reflexivo que se reduce a eslóganes sin contenido significativo.

Conclusión

El tema ambiental, ambiental en las últimas décadas, ha generado una diversidad de discursos heterogéneos que están marcados, en forma definitiva, por el uso y aprovechamiento de la naturaleza y de los recursos naturales (Leff, 1998a, p. 25) que se posean, según determinados intereses o posiciones con frecuencia antagónicas. Es decir, que hay que partir de la base de que lo ambiental no puede entenderse desde sólo una posición; es más bien un campo de batalla en la que entran en juego visiones, intereses económicos, perspectivas científicas, etc. Hay que reconocer, que en este mar de desconcierto comunicativo, se ha extraviado el marino de la contundencia discursiva que posibilita contener y revertir la crisis ambiental, así como orientar la navegación hacia la sustentabilidad.

El objetivo de este artículo es volver a rastrar la base de cuatro conceptos clave, sin duda valiosos para la construcción de un modelo de comunicación ambiental, que primero alfabetice y evalué, para después trasmitir, informar, sensibilizar y construir alternativas hacia un futuro más promisorio para la presente y futura generación humana, con formas de producción y consumo más armónicas con la naturaleza.

Por último, vale la pena recordar que el lema de la Universidad Anáhuac es "Vencer al mal con el bien", y en este contexto hacia la sustentabilidad vale la pena citar lo que Elizalde sostiene (2003) en su redefinición de lo que es el bien:
  • […] Sólo aquello que en una perspectiva sistémica, mirando en escalas temporales transgeracionales, en dimensiones territoriales no sólo locales sino también globales, y además en miradas transculturales, sea capaz de generar bucles de retroalimentación positivos, causaciones circulares acumulativas, esto es, sinergias, potenciamientos y enriquecimientos mutuos.

En futuras entregas será necesario establecer las formas operativas de evaluación, difusión e intercambio, que den sentido e integridad al modelo de comunicación para la sustentabilidad, atendiendo al cambio climático global.


Referencias

Arizpe. L & Carabias J. (1992, julio). México ante el cambio global. Antropológicas, (3), 12-18. México: UNAM.
Carabias, J & Provencio, E. (1993). El enfoque del desarrollo sustentable: una nota introductoria. México: UNAM.
Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo (1987). Nuestro futuro común. Madrid: Alianza Editorial.
Elizalde, A. (2003). Desarrollo humano y ética para la sustentabilidad. México: Universidad Bolivariana.
Guggenheim, D. (2006). An inconvenient truth. L. Bender, B. Scott & L. David (prod.). EUA: Paramount Classics.
Leff, E. (1994). Ecología y capital: racionalidad ambiental, democracia, participativa y desarrollo sustentable (2a. ed.). México: Siglo XXI.
Leff, E. (1998a). Economía ecológica y economía productiva. El saber ambiental: sustentabilidad, racionalidad, complejidad, poder. México: Siglo XXI.
Leff, E. (1998b). Globalización, ambiente y sustentabilidad del desarrollo. El saber ambiental: sustentabilidad, racionalidad, complejidad, poder. México: Siglo XXI.
Leff, E. (1998c). El concepto de racionalidad ambiental. El saber ambiental: sustentabilidad, racionalidad, complejidad, poder. México: Siglo XXI.
Mires, F. (1996). La revolución que nadie soñó o la otra postmodernidad. La revolución ecológica: palimpsesto de nuestro tiempo .Venezuela: Nueva Sociedad.
Ramírez, R. T. ( 1997). Malthus entre nosotros. Discursos ambientales y la política demográfica en México. México: Taller Abierto.
Sachs, I., (1992). Ecodesarrollo, desarrollo sin destrucción. México: El Colegio de México.
Sorhuet, H. (2008, 9 de enero). ¿Está ocurriendo? El País; Uruguay.
Suavé, L. (1996). Environmental and sustainable development: Furt her appraisal. Canadian Journal of Environmental Education, p. 7-34.












Anexo 1












[1] En 1968 se reunió en Roma un grupo de 35 científicos, políticos e investigadores, provenientes de 30 países distintos, conocido, dos años después, como el Club de Roma, para hablar de los cambios que se estaban produciendo en el planeta por consecuencia de acciones humanas. Para muchos ambientalistas, el primer informe de este Club, conocido como Los límites del crecimiento, es el inicio de la preocupación mundial sobre el mundo, los recursos y la población.
[2] Para profundizar en este aspecto véase Mires, F. (1996), y a Ramirez, R. T. (1997).
[3] Como ejemplo podemos citar recientes documentales como Una verdad incómoda (Guggenheim, 2006), obra notable en la realización e impacto social (ganadora de un premio Nobel y un Oscar cinematográfico) que, sin embargo, al final del film da una lista de tareas que incluyen acciones como usar autos híbridos, bañarse con menos agua caliente, comprar alimentos frescos, etc., culpabilizando a un probable ciudadano de cosas que muchas veces están fuera de su alcance. Desgraciadamente no es el único caso en los medios.
[4] Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático desarrollada en la isla Indonesia de Bali en diciembre de 2007.
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